“al calor de la hojarasca en una noche de verano”

On 9 octubre, 2009 by investigacion

Por Ilich Castillo

A propósito del Taller de Crítica con Lupe Álvarez , y del encuentro con el Ministro de Cultura.

El gobierno no debe tener más poder que el que los ciudadanos estén dispuestos a concederle
Henry David Thoreau

Si se me permite quisiera disertar lacónicamente el caso de nuestro reciente ‘rendezvous’ con el ministro como una forma de poner en juego algunas de las ideas citadas en nuestra clase y de lo que, ‘creo’, debería ser tópico o al menos objeto de análisis para el puñado de compañeros que la conformamos.

Me gustaría referirme a la eficacia que tiene la teoría en el campo pragmático, no en su aspecto macro pero sí en los momentos que su aplicación tiene un locus concreto y probablemente una serie de efectos verificables de los cuales se puede dar más seguimiento.

El rol de la intelligentsia (la comprometida al menos), al margen de haberse convertido en el ente neutralizador de los que proponen los discursos oficialistas, ha venido a enarbolarse históricamente como la urgente posibilidad de la otra realidad, de la cual muchas veces apenas se puede alumbrar atisbos que en su mayoría de casos sólo toma formas teóricas intangibles o quiméricas. En este constante exilio del “status quo imaginario” es donde el intelectual promedio ha tenido que aprender a maniobrar, asumiendo con cierta conciencia desencantada que las grandes metafísicas han quedado en el despeñadero de la historia, que los proyectos totalizadores son otra forma de peste, Que ya no se pelea por nada con carácter o etiqueta de absoluto, de universal, que las luchas son sincrónicas y distintas en el paneo general del globo.

En esos usos que tienen las teorías contemporáneas para aprehender los fenómenos, para deconstruirlos en la medida que aparecen o se logran detectar, la labor de los intelectuales ha seguido levantándose usualmente a favor de las causas perdidas, en contra de todo ejercicio del sinrazón, acometiendo contra toda inmundicia y podredumbre que el hombre origina (o sea, de su “rata interna”), perfilándose como una especie de quijotes o centinelas de todas las emancipaciones posibles, de lo contextualmente ético, acaso sólo como para desmarcarse de su probable y potencial ubicación del otro lado de la banda?

Este acto dialéctico de ejercer criticidad inevitablemente nos expone a semejantes paradojas. En una entrevista el dramaturgo Heiner Muller indicaba con respecto a su obra que “Se trata de implicar a la gente en procesos, de hacerlos participar, que la gente se pregunte cómo me habría comportado en esta situación, y que les venga a la mente que ellos son también fascistas potenciales si sobreviene una situación semejante”

Nuestros ángeles exterminadores empiezan a aflorar , y es que haciendo un poco como abogado del de abajo, es obvio que esta situación no se trató nunca de custodias etéreas; que asumir estoicamente el rol de protagonista melodramático (bien intencionado pero ingenuo) para el intelectual posmo sería una candidez más mía que de otros, pero ya en el advenimiento del poder el paisaje es otro. Admito que no puedo dejar pasar las declaraciones de Jeannine o la retórica de Ramiro en el Vino Filosófico como la materialización de lo que no solamente le sucede, le ha sucedido y le sucederá a los intelectuales aquí sino en cualquier parte: la labor de ‘ensuciarse las manos’ en el poder les devuelve ese fulgor terrenal, no sólo a ellos sino a sus ideas.

Antonio Aguirre y Freddy Olmedo de cuando en cuando enfatizaban en el carácter in-envidiable en que se hallaba el ministro, en no querer ‘estar en sus zapatos’ cuestión que me traía más a pensar en Heiner y en lo que le sucede a la teoría (¿o a los intelectuales?) cuando por un lado trasciende su campo hipotético y se emplaza en acciones discursivas capaces de producir los otros mundos posibles, pero en ocasiones muy parecidos al que ya vivimos.

Es sabido que ni los buenos futbolistas son buenos técnicos, ni los buenos filósofos son buenos artistas; que de la misma manera, el problema del ministro no es de referentes, ni de voluntades. Pero lo cierto sí es que los usos de las teorías en campos específicos en los que no hay necesariamente ni la gente ni la voluntad para sostener una discursividad productora de cambios, la poca probabilidad de ésta de ser recogida para el ámbito práctico es mínima y su convertimiento en comentario ‘inasequible’ y ‘hermético’ es su forma histórica por excelencia. Echar una miradita al ombligo de lo que creo es el campo del análisis cultural y su poca probabilidad de afectar el campo ‘real’ me aterra considerablemente. El nivel instrumental con el que se abordan estas teorías en el campo de la práctica sigue siendo en marcos muy reducidos.

Podríamos seguir definiendo algunas de las preocupaciones en las que los foros de intelectuales locales produzcan una fricción crítica, con cierta capacidad moral para establecer criterios útiles, pero frente al panorama en el que se encuentra nuestra universidad, es decir, en medio de una hojarasca de retóricas oficialistas que habiendo asumido una performatividad académica (al menos en el plano discursivo) no ha sido capaz (¿o no ha querido?) de encontrar camino para poder establecer criterios a priori que permitan superar el clientelismo, y todo esta ruta de improvisación que ha sido la constante para la elección de los presupuestos en lo que atañe a la cultura en completo contraste con otros apartados en los que las regulaciones han podido ser ¨supuestamente¨ harto rigurosas. El problema de los especialistas en las áreas de turno lamentablemente se ha convertido en la nueva evidencia de lo que que en el fondo no es más que la prolongación de una débil estructura institucional de la que se sirven los camiseteros y los ideólogos de turno. thoreau

Frente a este paisaje aparece la pregunta, Qué tipo de lenguaje sería el más apropiado entablar como para performar un encuentro productor de sentido que nos de posibilidades que superen las abstracciones típicas o el lunfardo institucional emitido desde el poder. O si no tiene ningún sentido. Me pregunto si nosotros notamos esa eficacia, la de la acción comunicativa en específico. Si para nosotros como artistas, esta aplicación del sentido mayéutico queda en desmedro deviniendo en una teoría contemplativa apenas esbozadora de los aspectos críticos sin preguntarse los alcances que el radio de posibilidades del lenguaje debería darle en el plano de lo concreto? Y si lo notamos, es cuestión de paciencia que se nos entienda? Por lo pronto me distraigo pensando en Thoreau, en el acto poético (político) de desobedecer al estado desde una cabaña.

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