C U L T U R A

On 9 octubre, 2009 by investigacion

por Daniel J Alvarado García.

A propósito del Taller de Crítica con Lupe Álvarez , y del encuentro con el Ministro de Cultura.

Situarse en discusiones centrales, como la pretendida en el pasado vino filosófico, requiere, más allá de acomodarse en un asiento, sostener una copa de vino y degustar uno que otro bocadillo, tener de antemano establecidos los términos a partir de los cuales se conducirá el desarrollo de dicha discusión. Si consideramos que discursar sobre el hecho cultural inexorablemente nos llevará a una multiplicidad de concepciones, juicios y definiciones que los diferentes actores manejan, en función de sus posiciones, requerimientos, expectativas, demandas y modos de entender lo cultural, incorporados a partir de una praxis particular, entonces se vuelve operativamente funcional, para evitar moverse a la deriva, implementar un esquema (¿teórico?) que englobe perspectivas de criticidad específicas que permitan sortear el tratamiento de los diversos tópicos.

No es cuestión, como me pareció que ocurrió, de postular definiciones de lo que es CULTURA, ESTADO, CIUDADANÍA, DEMOCRACIA y sus derivaciones de manera cerrada, apriorística, concreta e inapelable. Sino de tener conciencia, situándonos en una plataforma de historicidad, de cómo se han cimentado dichas instituciones, cómo hemos incorporado tales o cuales definiciones a nuestro imaginario, cómo han devenido dichos procesos hasta hoy y cuáles son las dinámicas que les siguen dando forma. Manejar estas premisas como base para una problematización más compleja de lo cultural en el contexto actual es indispensable para hacer converger las discusiones a puntos e intereses concretos. Evitando generar discusiones como las del vino que realmente nunca se dieron.

Una de las omisiones flagrantes de todo este embrollo pasó por la ausencia de una contextualización que permitiera aterrizar la discusión a una situación, si bien, compleja, abordable. Y es que en medio de un popurrí de intervenciones, se fueron dando un sinnúmero de manifestaciones que daban cuenta de concepciones, a ratos, disonantes de lo que es “Cultura” o el “hecho cultural”, situadas en un marco contextual anacrónico donde la responsabilidad de estas cuestiones se pretende que recaiga preponderantemente sobre el Estado.

Inevitablemente nos dirigíamos a un ámbito de la discusión que a todas luces limitaría una mayor apertura hacia la multiplicidad de horizontes que envuelven el hecho cultural. Vale señalar cómo la restricción que produce una definición desde prerrogativas institucionales deviene en la reducción del término a una instancia que excluye la participación de otros (muchos) actores, sujetos participativos, y de otras nociones menos vinculantes, erigiendo a la CULTURA en un campo autónomo, separado, ajeno acaso, de las demás prácticas: sociales, políticas, económicas, donde el tratamiento de sus problemáticas se resuelve apelando al involucramiento de especialistas encargados de cernir exclusivamente los asuntos relativos a su campo.

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http://www.timwalkerphotography.com/

¿En qué términos entender entonces aquello a lo que usualmente etiquetamos como Cultura? ¿De qué manera dar tratamiento a cuestiones que de pronto parecen carentes de asidero? ¿Cómo desarrollar políticas que institucionalicen prácticas culturales diversas? Son tan sólo unas cuantas preguntas que aparecen tras la estela de humo que significó el pasado vino filosófico, estela que sin embargo me ayudó a auscultar en buena medida el estado de las cosas con respecto a las perspectivas que manejan quienes están llamados a discurrir sobre el hecho cultural. ¿Se buscan acaso definiciones? ¿Hasta qué punto las preguntas planteadas son las adecuadas? El proceso de comprensión que atañe a estas circunstancias empieza precisamente por el reconocimiento del carácter inasible de los fenómenos culturales que han llegado a rebasar lo que tradicionalmente se ha etiquetado como Cultura. Inasible tanto en cuanto no caben dentro de una definición estructurada del término, como tal.

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http://kamilaszejnoch.vizz.pl/posters.html

Un poco de historia, o más bien de genealogía:

Puesto que el término Cultura, nos remite a un modo institucionalizado de darse del hecho cultural, ubicado en un contexto ya transitado por el capitalismo de segundo orden: donde ésta ocupaba un lugar específico dentro de las estructuras modernas, autónoma, normativa, aglutinadora de los esquemas de percepción subjetiva al interior de ciertas esferas, como la artística, ella se erigió como un tótem a cuyo poder asistieran quienes con la garantía de estar investidos por la autoridad que el poder económico les brindaba, comulgaban sobre la base de sus propias disquisiciones, constituyéndose en un mecanismo de auto-legitimación, excluyente a la vez de aquellas (otras) manifestaciones que se hallaran por fuera del maridaje entre Cultura y Economía.

Si se analizan estos hechos históricos en su sentido textual, veremos que lo que hay detrás de estas circunstancias es la instauración y reafirmación de un orden positivista dominado por la razón instrumental, que a la vez pasa a legitimar subrepticiamente los modos de actuar de una élite que en posesión de los bienes de producción material, sostén de dicha concepción del mundo, pasan también a otorgarse de forma maniquea la dominación sobre los medios de producción simbólica. En la legitimación de un orden subjetivo determinado se constataría, consecuentemente, un modo de negación de otros órdenes situados por fuera de la maquinaria de producción cultural. Detrás de esta tentativa siempre se hallaban intereses y posiciones que se escondían bajo los esquemas de lo social, naturalmente percibidos y manejados, a lo largo de esta instancia de la modernidad.

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http://www.jorgemacchi.com/eng/obra03.htm

La eclosión de la siguiente instancia del capitalismo: el postindustrial, o llamado consuetudinariamente, capitalismo cultural vino a trastocar ese esquema previamente establecido de “castas” culturalizadas. A pesar de ser el resultado de una mecánica cuyo curso siguió una lógica dada por su propia historicidad. En ella, todo aspecto de la vida que previamente atañía al curso político –y por qué no ideológico- de las sociedades, pasó a ser constituido por un esquema donde lo cultural atravesaba y se veía atravesado más evidentemente por las demás esferas de lo social, lo político, lo económico. La disociación de los límites de la Baja y alta cultura fue irrevocable, al menos al interior del ámbito de producción de materias de sentido, convirtiéndose en los nuevos esquemas de modelización aquellos mecanismos de direccionamiento y producción de las subjetividades, sustentados primordialmente en la disposición expandida de los medios de comunicación masivos, en manos o al servicio de las maquinarias económicas corporativizadas.

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http://www.colectiva.tv/wordpress/lang/en-us/porque-la-violencia-esta-de-moda/

La forma de cooptar la adscripción de los individuos a este nuevo orden pasaría por instancias sofisticadas y transparentes, de modelización de los procesos de subjetivación. En este contexto tras un largo imperio del nuevo esquema económico, en su camino hacia una globalización de las sensibilidades, entendidas en un sentido macro, el Estado, que asumía (si es que lo hacía) un rol como filtro o mediador de estas experiencias subjetivantes pasaba a adquirir un papel que, aunque atravesado por la lógica desalienante, muchas veces terminaba agenciando un tipo diferente de alienación que volcaba la modelización de la subjetividad hacia un discurso de legitimación de las identidades nacionales frente a las identidades transnacionales.

Aquí detengo un poco esta pretendida revisión somera sobre las circunstancias que han ido definiendo los modos de darse de la cultura tras la presencia del capitalismo, puesto que lo que me quiero plantear no es la genealogía en sí de las maneras en que se han venido suscitando las concepciones de lo cultural, más bien prefiero establecer nexos entre lo que ha acontecido en nuestro propio relato histórico, lo que se ha mantenido vigente en él, lo que debe ser revocado, lo que debe ser desmantelado y lo que podemos introducir de otros relatos que difieren minúsculamente de lo acontecido localmente.

En primer lugar, casi que por analogía se puede elucidar los sustancialismos que se expusieron en la discusión del vino filosófico con respecto a lo que se entiende por Cultura. Notablemente se percibe una adhesión a la instancia totémica del término, a la vez que se profesa la necesidad de la reinstitucionalización del Estado como ente llamado a “encargarse” de los asuntos culturales, sin que necesariamente se haya dado espacio al reconocimiento del actual modelador del sistema imperante: el mercado, que usualmente es el que lo interpela. Asumir que se desconozca el peso, en este momento, de dicho “monstruo” podría pasar por desfachatado por lo que preferiré entender un manejo tácito de dicho actor, aunque esto implique no darle valor a las intenciones que pueda haber tras la mencionada “reinstitucionalización” del estado, que aún no deja de generarme dudas. Ahora bien, qué hay detrás de estas nociones, es lo que toca preguntarse. Y cómo hacer para no sentirse atrapados después de ese bombardeo de arbitrariedades.

El modelo que me interesa traer a colación en pos de un entendimiento, otro, del hecho cultural proviene del tratamiento que Félix Guattari y Suely Rolnik hacen de los hechos culturales en uno de los libros que resultaran de la revisión de la escena política brasileña hacia inicios de los años 80, Micropolítica. Cartografías del deseo, en donde no se estaría hablando de cultura tanto como de procesos de subjetivación. Lo que se reconoce del actual panorama, y ya desde hace varias décadas, es la manera en que estos procesos están inscritos en la vida cotidiana de las personas y no están abocados a una institución cultural sino al sistema capitalista en sí que ha absorbido los mecanismos de construcción de dichas subjetividades, antes centrados en instancias como el Arte, la Psicología, las religiones, etc.

El esquema por demás superado de verticalidad, jerarquía y diferenciación (exclusión) ha sido igualmente remplazado por una noción reticular de la presencia de estos modelizadores, los cuales al ser descentrados posibilitan un flujo más efectivo y continuo de los agentes de individuación -en términos de Guattari- de las subjetividades.

Este término es lo más parecido a las actitudes naturales que planteara Husserl ya hace mucho tiempo, la diferencia está en la manera en que actualmente se dan dichos procesos de individuación. Guattari distingue al individuo del sujeto reflexivo, que es capaz de generar sus propios procesos de singularización, al plantearlo como aquel cuyo devenir en el tiempo está atravesado por los procesos de subjetivación implementados por el sistema capitalista asumiéndolos como naturales, sin ver la necesidad de cuestionarlos.

Posteado por Crobilius en Youtube.

Posteado por Cntrft en Youtube.

El sujeto en cambio procede de otra manera frente a la vorágine que representa la presencia del sistema capitalista en la vida social de los individuos. A pesar de reconocerse el sentido gravitante que posee, está claro que el sistema se sostiene sobre bases que -tras erigirse sobre un desarrollo tecnocientifico vacuo- es capaz de dejar brechas reconocibles donde los agenciamientos de los sujetos pueden, si no producir cambios radicales, empezar a penetrarlo para desde adentro socavar lo que pretende escamotear dicho sistema, o sea los mecanismos que continuamente están manipulando la forma de devenir del hombre en el mundo. De modo que los planteamientos de un sujeto con la intención de articularse frente a esta realidad acuciante deben pasar por estrategias que le permitan agenciar los sentidos provenientes de su propia subjetividad.

Posteado por futureshorts en Youtube.

Aquí vale entonces aclarar un entendimiento de subjetividad, no como una instancia señalada por la interioridad de la persona como agente aislado, sino todo lo contrario -en el esquema planteado por el sistema capitalista, el soporte de dichos flujos se da en la medida en que se trabaja sobre la base de redes que se hallan en consonancia con otros factores que determinan los afectos- esto se suscitaría tras la determinación de un sujeto en pleno vínculo con aquellas redes inscritas en la socialidad que continuamente van constituyendo su devenir.

Los procesos de singularización toman en consideración la manera en que los sentidos puestos en valor fluctúan intersubjetivamente, señalando la posibilidad de ubicar lo que potencialmente vendría a ser concebido como un proceso de singularización colectivo de las subjetividades.

http://www.sindominio.net/traficantes/editorial/precariasaladeriva.htm

(Ejemplo de un ejercicio de cartografía de subjetividades)

Es por esas instancias que se puede hallar una opción que entienda al sujeto como un posible actor en la determinación de su propia singularidad, que a la postre haga factible el agenciamiento de sus procesos de subjetivación. Este reconocimiento rebasaría con creces las orientaciones reivindicatorias de un estado como instancia llamada a defender al ciudadano de los procesos de individuación de la subjetividad porque como ya mencione, dichos procesos no necesariamente pasan por un alineamiento a procesos desalienantes, sino que por lo contrario, al darse la vinculación a una identidad esencial, conducen al individuo a una adscripción inconsciente a modelos que lo despojan de su propio sentido de singularidad.

Vale reconocer entonces una diferencia clave entre lo que ha venido a denominarse como identidades frente a lo denominado como singularidades. La identidad siempre está vinculada a la adscripción a una construcción basada en un referente cuyo desarrollo pasa por la anulación de las singularidades, en base a movimientos ideologizantes, muy en desuso en las actuales circunstancias, que no implican más que la proyección de una subjetividad adherida (sin que deje de estar maniatada a un referente preconcebido).

Los agenciamientos que conduzcan a los procesos de singularización colectiva requieren procesos que en nuestro contexto parecen no haber sido reconocidos y peor iniciados. El debate muchas veces se queda en el plano de la ideología, supurando formas de actuación que le hacen el juego al sistema capitalista. Frente a esta realidad, concebir al Estado como operador de los procesos de cambio en lo que atañe al quehacer cultural tiene que pasar en primera instancia más que por una reinstitucionalización, por una reingeniería en su estatus como estructura, puesto que más allá de emanar aires de obsolescencia, este parece adquirir olores de putrefacción.

El estado sí debe ser considerado como un actor, pero no como el único y más allá de ser una instancia institucionalizada como a la vieja usanza, presentarse como una entidad en donde este tipo de discusiones generen políticas que no estén destinadas a producir actos culturales, sino que a preparar las condiciones que tras un proceso educativo, más abierto, menos restringido y restrictivo potencie sujetos que sean capaces de agenciar sus propios procesos de singularización. Probablemente aún estemos atrapados. Pero me parece que hay luces. El ITAE como proyecto se constituye en una primera instancia donde el tratamiento de estas circunstancias ya empiezan si no a marcar el sendero por lo menos a pensar en su demarcación.

No sé hasta qué medida sea sano un repentino trastoque de la entidad para que de una manera u otra se replanteen ciertas cuestiones que no necesariamente atañen a su estructura, sino a su ingeniería, a sus dinámicas, a una agilización de los procesos que en su interior se están llevando a cabo. No sé hasta qué punto la dependencia a una instancia como el Estado sea sana, si por un lado implica supervivencia pero por otro letargo. No sé si sea necesario en el interior un proceso de singularización colectiva que nos permita reconocer a los alumnos las urgencias que nos conduzcan a un replanteamiento de lo que el ITAE significa en el contexto actual. A lo mejor antes que pensar en esta como una institución, infraestructura, materia, sea más útil que empecemos a pensar como una instancia llamada a la dinamización primero de sus propios procesos y después de aquellos más cercanos a su alcance, no motivados por las escenas ni por los espectáculos ni por la instancias legitimadoras que tan fácilmente pueden ser sorteadas, (aunque probablemente dependiendo de ellas) sino pensando en qué es lo que queremos que se ponga en valor en el futuro cuando alguien de pronto piense en lo que tan fácilmente solemos llamar cultura.

 

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