Proyecto de graduación. de . a . fecto. Carlos Vargas

On 17 marzo, 2014 by investigacion

 

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Quedo de usted
Objeto
2013

 

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S/t (autoretrato)
Objeto
2014

 

 

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Devoción
video-performance (serie)
2011-2014

 

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Proyecto para olfatear al ministro de cultura perfecto
registro de performance
2013

 

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El cortejo
video-documento
2011

 

 

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El toque
video-performance junto a Silueta X
2012

 

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Protocolo
objeto
2013

 

26

24

la primera cita
performance
2012

 

 

De besos en general y en particular

por Arturo Cariceo

Sí o sí, es evidente que a Vargas Carlos le gusta besar. Un repaso por los mejores besos en el arte nos dice lo que Carlos, y nosotros, ya sabíamos. Que el arte es un invento occidental, europeo y cristiano. Algo peculiar y doble o triplemente complicado si te tropiezas con Ovidio y J. G. Ballard. El asunto es que no importa lo que diga el estereotipo, como tal, los besos participan de muchas grandes obras que ayudan a hacerlas más grandes, cuando extrañamente están sobreactuadas. Porque se notan las costuras interpretativas. Y eso es una de las extrañas originalidades del arte. Claro que ante el ojo no entrenado, lo suyo es la liberación de oxitocina, dopamina y adrenalina.

En primer lugar, tenemos que poner los besos con sentimientos encontrados de Giotto, luego el contacto labial atormentado y post-animal de Miguel Angel, no podían faltar las escenas descomunales de Fragonard y los efectos colaterales en Rodin. Unos besos absolutamente imperdibles, y además, de esos que generan reflexión y adicción: los que Klimt encarna y los puntos extras de Brancusi, pasando por las defensas del encono amoroso de Magritte y esa cuestión de esfuerzo, talento y ubicación que nos brinda Doisneau, hasta esos como quien no quiere la cosa de Warhol y el cortar y pegar a beso limpio, y sin miramientos, de Tornatore. Mas allá de la emotividad, los de Terry Richardson y Nan Goldin repasan sin medias tintas conceptos inquietantes. Hay otros, sin embargo, de mucha ternura en la picadora de carne de la masividad: los lascivos del pompier Bouguereau, el grafitteado por Dimitri Vrubel, o los últimos que se dieron John y Yoko.

Por las dudas, no omito los besos paranormales de Sam Wheat con Molly Jensen, ni el galardonado beso que Mary-Jane Watson le da al Hombre Araña. Uno de mis preferidos, es la benemérita despedida entre George Taylor y la científica Zira, donde la expresión de los sentimientos avanzan y retroceden por las relaciones artísticas en la representación del besar. En esta escena, se delimita explícitamente los roles: quien besa de manera histriónica y quien lo hace con mística. Hecha las aclaraciones del caso, me gusta ver las caras de circunstancia de los besados por Vargas Carlos. Noto en sus miradas no precisamente el arroyo irrefrenable del arte. El encuadre enfatiza una expresión autista ante la sentida entonación del beso que, artísticamente, Carlos trabaja.

El artista ecuatoriano arma un relato pormenorizado de cómo todavía hay gente que no sabe arreglárselas con los afectos. Me remití a los mismísimos albores del asunto en las artes para amortiguar algún desorientado prejuicio ante el brío de Carlos con el ordo amoris puesto en exhibición. Malas interpretaciones, que siempre existen, serán precarias y básicas. De todas formas, como sucede habitualmente en los circuitos artísticos, se da una lógica perversa y paradójica: si el artista no explica adecuadamente a la feligresía por qué se dejó llevar, no tardarán en llegar las acusaciones surtidas. Pero, más allá de este efecto colateral, un artista responsable -como Carlos lo es- jamás desconoce que no hay nada que ponga más en jaque al establishment que un buen beso.

* Haikú tésico redactado para la exposición de Vargas Carlos, “Des·a·fecto”, Dpm Gallery Arte Contemporáneo. Guayaquil, Ecuador. 19 febrero – 7 marzo, 2014.

 

 

 

 

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