NARRACIONES EXTRAORDINARIAS

On 5 junio, 2015 by investigacion

11169417_10155513602990293_6538831143326220292_o

SONY DSC

SONY DSC

 

 Curaduría y textos sobre las obras de Jorge Aycart

 

SONY DSC

El proverbial Sr. Zep, depositario de “Los relatos de los orígenes”.
Ricardo Coello Gilbert
Lápiz de color sobre papel
44x22cm.
2015
*

SONY DSC

SONY DSC

SONY DSC

SONY DSC

SONY DSC

SONY DSC

SONY DSC

SONY DSC

Lo manifiesto
Ricardo Coello Gilbert
Lápiz sobre papel, ramas, papel, tierra, metal, madera, cabuya, espejo, hilo.
Dimensiones variables
2015
*

SONY DSC

SONY DSC

SONY DSC

SONY DSC

SONY DSC

SONY DSC

Oculto en el reflejo
Ricardo Coello Gilbert
Lápiz sobre papel, metal, hilo.
Dimensiones variables
2015
*
Coello Gilbert (Thomas Pynchon)
La subasta del lote 49
(Fragmento)

-¿Qué era Trystero?

-Esa es una de las incógnitas –dijo Bortz- que surgieron después de mi edición del cincuenta y siete. Desde entonces ha aparecido mucho material original, y muy interesante. La edición actualizada que acabo de preparar se publicará el año que viene, según me han dicho. Mientras tanto. –Se dirigió a una vitrina llena de libros antiguos-. Este es –dijo cogiendo uno encuadernado en raída piel de becerro de color marrón oscuro-. Tengo bajo llave mis Wharfingeriana para que los críos no les echen el guante. Charles me haría un sinfín de preguntas y todavía soy demasiado joven para respondérselas todas. –El libro se titulaba Relación de las muy curiosas peregrinaciones del Dr. Diocleciano Blobb entre los itálicos, comentada con sucesos ejemplares tomados de la verdadera historia de aquella extraña y fabulosa raza-. Por suerte –explicó Bortz-, Wharfinger, al igual que Milton, tenía un cuaderno donde copiaba pasajes o hacía comentarios de los libros que leía. Gracias a dicho cuaderno tenemos noticias de las Peregrinaciones de Blobb.

El libro estaba lleno de ces con cedilla, eses que parecían efes, sustantivos que empezaban con mayúsculas, íes griegas donde tenía que haber íes latinas.

-Esto no hay quien lo lea –dijo Edipa

-Inténtalo –animó Bortz-. Yo tengo que ir a despedirme de los chicos. Creo que está en el séptimo capítulo. –Desapareció y dejó a Edipa sola ante el tabernáculo. En realidad era el capítulo octavo el que le interesaba, la historia del encuentro del autor con los bandoleros de Trystero. Diocleciano Blobb había querido atravesar una zona desierta y montañosa en un coche correo del servicio “Torre y Tassis”, que Edipa supuso era la forma italiana de Thurn y Taxis. Sin previo aviso, junto a la orilla de lo que Blobb denominaba “Lago de la Piedad”, fueron asaltados por unos veinte jinetes vestidos de negros con los que entablaron una lucha feroz y silenciosa entre los helados vientos lacustres. Los bandoleros empuñaban garrotes, arcabuces, espadas, puñales y también velos de seda para rematar a los que aún respiraban. Todos, salvo el doctor Blobb y su criado, que se habían mantenido al margen de la pelea desde el comienzo proclamaron a grandes voces que eran súbditos ingleses e incluso “osaron cantar algunos de los más edificantes himnos de nuestra iglesia”. Que consiguieran escapar asombró a Edipa habida cuenta del celo con que Trystero velaba por su seguridad.

-¿Tendría intención Trystero de instalarse en Inglaterra? –insinuó Bortz días más tarde.

Edipa lo ignoraba.

-Pero ¿por qué dejó con vida a un torpe inaguantable como Diocleciano Blobb?

-A un charlatán como él se le ve venir a un kilómetro de distancia –dijo Bortz-. Incluso en medio del frio, incluso con la sangre encendida de lujuria. Si yo quisiera que la noticia se propalase por Inglaterra para facilitarme la entrada, en mi opinión sería el hombre indicado. Trystero se aprovechó de la contrarrevolución de aquellos días. Piensa en Inglaterra, el rey estaba a punto de morir decapitado. Era la oportunidad ideal.

El jefe de los bandoleros, después de hacerse con las sacas de la correspondencia, había hecho salir a Blobb del coche y le había dicho en un inglés correctísimo: “Vuesa merced ha sido testigo de la cólera de Trystero. Pero sepa que no desconocemos la piedad. Sírvase decir vuesa merced a su Rey y al Parlamento lo que ha visto. Diga a todos que la victoria final será nuestra. Que ni la tempestad ni la guerra, ni las fieras salvajes ni la soledad del desierto, ni siquiera los que han usurpado por la fuerza nuestro gobierno legítimo harán desistir a nuestros correos”. Y sin arrebatarles ni la bolsa ni la vida, los salteadores de caminos, desplegando las capas negras que parecían velas, se perdieron en los cerros bañados por la luz del ocaso.

Blobb quiso recabar datos sobre la organización Trystero, pero allí adonde se dirigía no encontraba más que bocas cerradas a cal y canto. Pese a todo, consiguió reunir alguna información. Al igual que Edipa al día siguiente. Por oscuras publicaciones filatélicas que le prestó Gengis Cohen, por una equívoca nota que había al pie de una página de La formación del Estado holandés de Motley, por un folleto de hacía ochenta años sobre las raíces del anarquismo moderno, por un libro de sermones escrito por Agustín, hermano de Blobb, y que se encontraba asimismo entre los Wharfingeriana de Bortz, junto con las noticias originales del mismo Blobb, Edipa, tras reunir todos los datos, pudo elaborar la historia de los orígenes de Trystero:

 

La historia de los orígenes de Trystero puede rastrearse en “Relación de las muy curiosas peregrinaciones del Dr. Diocleciano Blobb entre los itálicos, comentada con sucesos ejemplares tomados de la verdadera historia de aquella extraña y fabulosa raza”. El matemático Benoît Mandelbrot lo había anunciado ya gracias a sus trabajos sobre los fractales: “Las nubes no son esferas, las montañas no son conos, las costas no son círculos, y las cortezas de los árboles no son lisas, ni los relámpagos viajan en una línea recta”. Las obras de esta sección nos acechan con sus oscuras variaciones que penetran en la mente del espectador hasta arrastrarlo hacia…

 

SONY DSC

SONY DSC

Ruta para un salmón
Boris Saltos
Video proyección, musgo, mancha.
2015

 

SONY DSC

Basketball
Boris Saltos
Video, TV y cera.
2015
*
Saltos (Felisberto Hernández)
La casa inundada
(Fragmento) 

Yo seguí con muchas ideas como éstas, y cuando las palabras de ella volvieron, la señora Margarita parecía instalada en una habitación del primer piso de un hotel, en la pequeña ciudad de Italia, a la que había llegado por la noche. Al rato de estar acostada, se levantó porque oyó ruidos, y fue hacia una ventana de un corredor que daba al patio. Allí había reflejos de luna y de otras luces. Y de pronto, como si se hubiera encontrado con una cara que le había estado acechando, vio una fuente de agua. Al principio no podía saber si el agua era una mirada falsa en la cara oscura de la fuente de piedra; pero después el agua le pareció inocente; y al ir a la cama la llevaba en los ojos y caminaba con cuidado para no agitarla. A la noche siguiente no hubo ruido pero igual se levantó. Esta vez el agua era poca, sucia y al ir a la cama, como en la noche anterior, le volvió a parecer que el agua la observaba, ahora era por entre hojas que no alcanzaban a nadar. La señora Margarita la siguió mirando, dentro de sus propios ojos y las miradas de los dos se había detenido en una misma contemplación. Tal vez por eso, cuando la señora Margarita estaba por dormirse, tuvo un presentimiento que no sabía si le venía de su alma o del fondo del agua. Pero sintió que alguien quería comunicarse con ella, que había dejado un aviso en el agua y por eso el agua insistía en mirar y en que la miraran. Entonces la señora Margarita bajó de la cama y anduvo vagando, descalza y asombrada, por su pieza y el corredor; pero ahora, la luz y todo era distinto, como si alguien hubiera mandado cubrir el espacio donde ella caminaba con otro aire y otro sentido de las cosas. Esta vez ella no se animó a mirar el agua; y al volver a su cama sintió caer en su camisón, lágrimas verdaderas y esperadas desde hacía mucho tiempo.

A la mañana siguiente, al ver el agua distraída, entre mujeres que hablaban en voz alta, tuvo miedo de haber sido engañada por el silencio de la noche y pensó que el agua no le daría ningún aviso ni la comunicaría con nadie. Pero escuchó con atención lo que decían las mujeres y se dio cuenta de que ellas empleaban sus voces en palabras tontas, que el agua no tenía culpa de que las echaran encima como si fueran papeles sucios y que no se dejaría engañar por la luz del día. Sin embargo, salió a caminar, vio un pobre viejo con una regadera en la mano y cuando él la inclinó apareció una vaporosa pollera de agua, haciendo murmullos como si fuera movida por pasos. Entonces, conmovida, pensó: “No, no debo abandonar el agua; por algo ella insiste como una niña que no puede explicarse”. Esa noche no fue a la fuente porque tenía un gran dolor de cabeza y decidió tomar una pastilla para aliviarse. Y en el momento de ver el agua entre el vidrio del vaso y la poca luz de la penumbra, se imaginó que la misma agua se había ingeniado para acercarse y poner un secreto en los labios que iban a beber. Entonces la señora Margarita se dijo: “No, esto es muy serio; alguien prefiere la noche para traer el agua a mi alma”.

Al amanecer fue a ver a solas el agua de la fuente para observar minuciosamente lo que había entre el agua y ella. Apenas puso sus ojos sobre el agua se dio cuenta que por su mirada descendía un pensamiento. Aquí la señora Margarita dijo estas mismas palabras: “un pensamiento que ahora no importa nombrar” y, después de una larga carraspera, “un pensamiento confuso y como deshecho de tanto estrujarlo. Se empezó a hundir, lentamente y lo dejé reposar. De él nacieron reflexiones que mis miradas extrajeron del agua y me llenaron los ojos y el alma. Entonces supe, por primera vez, que hay que cultivar los recuerdos en el agua, que el agua elabora lo que en ella se refleja y que recibe el pensamiento.

Hundiéndose lentamente el viejo de la regadera observaba a su reflejo que se perdía en el agua desatada. “La regadera inversa” pensó el anciano mientras los espectros de Macedonio Fernández y Raymond Roussel custodiaban la fuente que iba a anegarse como un secreto en los arrugados labios del regador. En esta sección las obras fluyen sobre el soporte de un pensamiento confuso que se hunde y reposa =mover; la conspiración de la realidad de la cera y el moho… Gustav Fechner tenía razón al explicar que la materia trascendía la simple percepción de la superficie (las cosas están envueltas en carne que se desdoblan en ficción). No importa nombrar, ya el agua ha vaciado los ojos.

*

SONY DSC

SONY DSC

SONY DSC

Derrumbe
Chay Velasco
Piedra, soga.
Dimensiones variables
2015
*
Velasco (Juan José Saer)
Nadie nada nunca
(Fragmento) 

Un relámpago ilumina, con su luz lívida y verdosa, los contornos de los árboles, de los cuerpos, de las cosas. Gotas de lluvia rayan, oblicuas, la transparencia gris del aire. Durante un lapso incalculable, al que ninguna medida se adecuaría, todo permanece, subsiste, aislado y simultáneo, el pelo suave y sudoroso, la mano, la confianza, el alivio, la mirada, el gusto del café, el café, la transparencia gris del aire que envuelve, casi con resplandores a pesar del cielo bajo y negruzco, los cuerpos que laten monótonos y el vacío que los separa rayado por las gotas intermitentes y oblicuas cada vez más numerosas, que vienen a estrellarse contra el suelo. Cuando las manos chocan, por fin, una contra la otra, resonando, el bañero se da vuelta y comienza a bajar hacia la playa, el Gato alza la cabeza, mirando hacia el portón, el segundo trago de café se empasta contra el primero en la garganta de Elisa, el bayo amarillo comienza a sacudir la cabeza bajo el chaparrón, y el lapso incalculable, tan ancho como largo es el tiempo entero, que hubiese parecido querer, a su manera, persistir, se hunde, al mismo tiempo, paradójico, en el pasado y en el futuro, y naufraga, como el resto, o arrastrándolo consigo, inenarrable, en la nada universal.

Los cuerpos que, absorbidos por las gotas frías suspendidas, se arrastran en línea recta por los pliegues formados en… Tensión y luz, generando un amplio paisaje, donde los caminos entran y salen… Las obras de esta sección trabajan a partir de lo tan ancho como largo es el tiempo entero que se iluminan por una oscuridad que relampaguea por la caída de hojas solidas como rocas, haciendo pesado lo que se supone debería ser liviano. La naturaleza penetrando en los poros de la naturaleza.

 

SONY DSC

SONY DSC

SONY DSC

 Edith observando el jardin de las delicias
Leandro Pesantes
Cabello y arena.
Instalación
2015

 

SONY DSC

 Alondra
Leandro Pesantes
Rama, jaula oxidada, panal, mosca muerta, alpiste, audio de pájaros.
Instalación sonora
2015
*
Pesantes (César Aira)
Los fantasmas
(Fragmento)

Raúl Viñas contó la del fantasma que iba tan distraído mirando pasar un avión que se cayó en un pozo. En el pozo había una liebre, y se pusieron a conversar; ella (es decir, “él”, porque era una liebre macho; el fantasma por su parte, dicho sea de paso, era el de una mujer) también había caído por accidente y se había quedado en el fondo, no porque no pudiera salir (era un pozo de escasa profundidad) sino por descansar. ¿Usted también venía mirando el avión que pasó?, le preguntó el fantasma. No, dijo la liebre, yo venía huyendo. ¿Ah, sí?, preguntó el fantasma interesado, ¿y huyendo de qué? La liebre se encogió de hombros, por difícil que pueda parecer el gesto en una liebre. Acto seguido explicó que en realidad ella siempre huía, de todo, por lo que al fin de cuentas no hacía mucha diferencia entre un motivo u otro. Debería hacerla, le aconsejó el fantasma. ¿Y para qué?, dijo la liebre: ¿para huir más rápido de lo que pareciera más peligroso, y menos de lo que pareciera menos? Sería un grave error, pues siempre podría equivocarse en sus evaluaciones, y aunque así no fuera, lo menos peligroso podía resultar perfectamente mortal. El fantasma le dio la razón, y, pensativo, dijo que había sido imprudente de su parte ponerse a dar consejos en una materia de la que lo ignoraba todo. Porque lo suyo era lo contrario de la huida, era la aparición. La liebre suspiró: ¡quién no estuviera, como su ocasional acompañante, libre del engorro de preservar la vida! Para eso, le dijo sabiamente el fantasma, era preciso empezar por perderla. Ah, pero entonces… Es que… No, perdón, usted se equivoca… Permítame… Tan entretenidos estaban en sus filosofías que no se percataron del arribo de un cazador, un mal deportista como se verá, torpe por añadidura, que se asomó al borde del pozo y, viendo a una liebre inerme a sus pies, amartilló la escopeta (ese “clic” siniestro sí logró que “el” liebre y “la” fantasma volvieran a la realidad, pero ya no tuvieron tiempo para nada más que paralizarse) y disparó: pum. Como tenía mala puntería, acertó… al fantasma, al que por supuesto no había visto; la herida fue a la izquierda del pecho, y manó un chorro de sangre transparente como el aire. La liebre no tuvo tiempo de apiadarse pues, como la clásica moraleja al final de las fábulas, de un salto había salido del pozo y ya estaba lejos, huyendo a toda velocidad.

“La” fantasma libre o “el” liebre fantasma fueron separadas (os) por un disparo que provocó que el fantasma muera y la liebre corriera, perdiéndose en la larga duna que se formaba a partir del sendero de sangre que chorreaba de la herida del fantasma muerto. Esto sólo es pura descripción del desastre contenido que las obras de esta sección despliegan en el espacio, liberando una energía que obliga que de los componentes de la materia (ritual del error y de la fragilidad) lo inaccesible nunca termine de realizarse. El enfrentamiento con las “cosas”, eso que se ha llamado con anterioridad “escritura del desastre” conviviendo con la alegría de un proceso que aguarda la llegada definitiva de “el” liebre sobre el seno de “la” fantasma.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Abrir la barra de herramientas